La Sexualidad Humana

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La Sexualidad Humana.

Por  Rafael Corazón González Dr. en Filosofía, escritor y profesor.

Hoy día la existencia de la naturaleza hu­mana, es ne­gada por algunas ideologías ‑especialmente por la ideología de género ‑, más por motivos ideológicos que por razones filosóficas o cien­tíficas.

De entrada, los defensores de esta ideología se autotitulan «neonominalistas». El nomina­lismo niega la existencia de naturalezas comunes a muchos individuos: no solo la naturaleza humana, sino también la naturaleza de cualquier otro género de seres, ya sea de los perros, gatos, caballos, etc.

Para el nominalismo no es posible conocer lo que las cosas son; solo conocemos lo singular; ¿qué se corresponde, en la realidad, con los conceptos universales? La respuesta es nada. En realidad, más que conceptos universales, lo que hay son «nombres» comunes (de ahí la denominación de «nominalismo») que aplicamos a un conjunto de cosas que agrupamos arbitrariamente bajo el mismo nombre porque nos parece que tienen alguna característica común.

Así, por ejemplo, hablamos de «vertebrados», o de «mamíferos», pero también de «hombres», aunque, en realidad, según el nominalismo, cada individuo es distintos o, por decirlo gráficamente, agota su especie.

Si a esto se añade la concepción de la libertad como autonomía y como espontaneidad, resulta que cada uno debe hacerse a sí mismo.

En concreto, en el caso de la sexualidad, esta ideología niega que el hecho de nacer con órganos sexuales masculinos o femeninos determine el «género»; cada uno puede y debe elegir ‑ e incluso cambiar a lo largo de la vida ‑ el género al que desea pertenecer. La razón de fondo es que – dicen ‑ lo natural‑biológico no debe determinar a la libertad sino al contrario: debe ser la libertad la que domine y controle a la naturaleza puramente biológica.

En realidad, la ideología de género tiene un trasfondo más complejo, pues va unida a  llamada «liberación de la mujer», es decir, a la ideología de origen marxista que busca ‑ más bien habría que decir que necesita ‑ liberar siempre a alguien para poder seguir existiendo.

El marxismo, en principio, buscaba la liberación de la clase obrera, y dio lugar a diversas corrientes o movimientos políticos, especialmente tres: el comunismo, el socialismo y la social‑democracia.

Pero con la caída del llamado «socialismo real», es decir, de la Unión Soviética ‑ caída que no fue provocada desde el exterior sino que fue un hundimiento del sistema por inconsistencia ‑, las ideologías de inspiración marxista se quedaron, en cierto modo sin objeto.

Resultaba que la clase obrera vivía mejor en las democracias liberales que en las autodenominadas «repúblicas democráticas»: en occidente tenían sindicatos libres, seguros sociales, derecho a la huelga, etc., cosas de las que carecían en los países comunistas.

Al quedarse sin «objeto», tuvieron que buscar a otras personas «oprimidas» a las que liberar o, de lo contrario, la ideología dejaba de tener su razón de ser.

El nuevo objeto lo encontraron en la mujer, a la que consideraron ahora como «la proletaria del proletario»; en efecto, mientras el obrero está trabajando en la fábrica, en casa su mujer trabaja «gratuitamente» para él: le lava la ropa, hace la comida, limpia la casa, etc., y, sobre todo, es objeto sexual del obrero.

La conclusión inmediata fue la siguiente: la liberación de la mujer es la liberación sexual de la mujer.

El matrimonio y la familia «atan» a la mujer de tal modo al varón que le impiden «realizarse» en todos los ámbitos de la vida pero, especialmente, en el campo sexual; la maternidad la mantiene «esclavizada» a las tareas del hogar, la somete al varón y hace imposible que desarrolle sus capacidades.

En definitiva: el matrimonio tal y como se ha entendido «tradicionalmente» es el enemigo número uno de la liberación de la mujer.

Ideología de género y liberación de la mujer van unidos; no pueden separarse porque son las dos caras de la misma moneda. Si el varón puede desarrollar su actividad sexual sin responsabilidad, sin temor a embarazos, etc., ¿por qué no poner los medios para que la mujer pueda hacer lo mismo? Si desea tener hijos, debe ser libremente, con quien quiera y cuando quiera; pero si no lo desea, deben proporcionársele todos los medios para «liberarla».

Con mayor motivo debe quedar libre de todo compromiso conyugal y familiar; la libertad es lo primero, y la libertad no admite compromisos de por vida. La sociedad sin clases del marxismo «clásico» es sustituida ahora por la sociedad sin sexo: el nuevo paraíso en la tierra, la liberación absoluta. La sexualidad, elegida libremente, es la que debe «modelar» la sociedad y las relaciones humanas.

Quizás pueda parecer, a primera vista, que la ideología de género, además de no ir a ningún lado, pues valora la reproducción como un mal, es una moda pasajera, fruto de un hedonismo desenfrenado.

Pero en realidad encierra toda una visión del hombre contraria no solo a la cristiana, sino al sentido común más elemental.

Benedicto XVI, citando a un autor judío, la resume así:

«El gran rabino de Francia, Gilles Bernheim, en un tratado cuidadosamente documentado y profundamente conmovedor, ha mostrado que el atentado, al que hoy estamos expuestos, a la auténtica forma de la familia, compuesta por padre, madre e hijo, tiene una dimensión aún más profunda.

Si hasta ahora habíamos visto como causa de la crisis de la familia un malentendido de la esencia de la libertad humana, ahora se ve claro que aquí está en juego la visión del ser mismo, de lo que significa realmente ser hombres.

Cita una afirmación que se ha hecho famosa de Simone de Beauvoir: «Mujer no se nace, se hace» (“On ne naît pas femme, on le devien”t). En estas palabras se expresa la base de lo que hoy se presenta bajo el lema «gender» como una nueva filosofía de la sexualidad.

Según esta filosofía, el sexo ya no es un dato originario de la naturaleza que el hombre debe aceptar y llenar personalmente de sentido, sino un papel social del que se decide autónomamente, mientras que hasta ahora era la sociedad la que decidía. La falacia profunda de esta teoría y de la revolución antropológica que subyace en ella es evidente. El hombre niega tener una naturaleza preconstituida por su corporeidad, que caracteriza al ser humano. Niega la propia naturaleza y decide que esta no se le ha dado como hecho preestablecido, sino que es él mismo quien se la debe crear.

Según el relato bíblico de la creación, el haber sido creada por Dios como varón y mujer pertenece a la esencia de la criatura humana. Esta dualidad es esencial para el ser humano, tal como Dios la ha dado. Precisamente esta dualidad como dato originario es lo que se impugna.

Ya no es válido lo que leemos en el relato de la creación: «Hombre y mujer los creó» (Gn 1,27). No, lo que vale ahora es que no ha sido Él quien los creó varón o mujer, sino que hasta ahora ha sido la sociedad la que lo ha determinado, y ahora somos nosotros mismos quienes hemos de decidir sobre esto. Hombre y mujer como realidad de la creación, como naturaleza de la persona humana, ya no existen. El hombre niega su propia naturaleza. Ahora él es solo espíritu y voluntad.

La manipulación de la naturaleza, que hoy deploramos por lo que se refiere al medio ambiente, se convierte aquí en la opción de fondo del hombre respecto a sí mismo. En la actualidad, existe solo el hombre en abstracto, que después elije para sí mismo, autónomamente, una u otra cosa como naturaleza suya. Se niega a hombres y mujeres su exigencia creacional de ser formas de la persona humana que se integran mutuamente.

Ahora bien, si no existe la dualidad de hombre y mujer como dato de la creación, entonces tampoco existe la familia como realidad preestablecida por la creación. Pero, en este caso, también la prole ha perdido el puesto que hasta ahora le correspondía y la particular dignidad que le es propia.

Bernheim muestra cómo esta, de sujeto jurídico de por sí, se convierte ahora necesariamente en objeto, al cual se tiene derecho y que, como objeto de un derecho, se puede adquirir. Allí donde la libertad de hacer se convierte en libertad de hacerse por uno mismo, se llega necesariamente a negar al Creador mismo y, con ello, también el hombre como criatura de Dios, como imagen de Dios, queda finalmente degradado en la esencia de su ser.

En la lucha por la familia está en juego el hombre mismo. Y se hace evidente que, cuando se niega a Dios, se disuelve también la dignidad del hombre. Quien defiende a Dios, defiende al hombre». [1]

     Sin la reposición del nominalismo ‑ hoy denominado «neonominalismo» ‑, que no solo no admite la existencia de la naturaleza humana sino que, en consecuencia, tampoco reconoce la existencia de la «ley natural» (o sea, una ley moral derivada de dicha naturaleza), esta ideología sería impensable.

Pero lleva a tantas contradicciones y arbitrariedades ‑ en el fondo a tantos «dogmatismos» ‑ que recuerda al nihilismo de Nietzsche.

Para Nietzsche el hombre no es «hijo» sino que se hace a sí mismo. Para la ideología de género y el feminismo radical la mujer no es madre ni su hijo es tampoco «hijo» (algunos hablan de «progenitor A y progenitor B»).

Pero entonces el ser humano es un «perro callejero», no puede reconocerse, carece de identidad por más que se haga y rehaga una y mil veces a lo largo de su vida. Además, como pura ideología, carece de toda base científica, pues no hay ningún manual serio – científico ‑ de anatomía o fisiología que avale sus tesis, por más que intenten cambiar incluso las conclusiones de la ciencia y «reconstruirla» de acuerdo con su ideología.

En el fondo se pretende «troquelar» al hombre, hacer un hombre nuevo, no a imagen y semejanza de Dios, sino a imagen del hombre, construido al margen de la sexualidad y del matrimonio: ingeniería genética, fecundación in vitro, experimentos entre genes humanos y óvulos fecundados de animales, madres solteras por fecundación in vitro, madres a los 60 años, bancos de semen, compra‑venta de óvulos, clonación terapéutica, aborto eugenésico, etc.

Sobre este tema declaraba el Cardenal Ratzinger: [2]

«... Ahora presenciamos cómo los seres humanos empiezan a disponer del código genético, a servirse realmente del árbol de la vida y a convertirse a sí mismos en dueños de la vida y de la muerte, a montar la vida de nuevo; desde luego es necesario prevenir de verdad al ser humano sobre lo que está ocurriendo: está traspasando la última frontera.

»Con esta manipulación, un ser humano convierte a otro en su criatura. Entonces el ser humano ya no surge del misterio del amor, mediante el proceso en definitiva misterioso de la generación y del nacimiento, sino como un producto industrial hecho por otros seres humanos.

Con ello queda degradado y privado del verdadero esplendor de su creación.

»Ignoramos lo que sucederá en el futuro en este ámbito, pero de una cosa estamos convencidos: Dios se opondrá al último desafuero, a la última autodestrucción impía de la persona. Se opondrá a la cría de esclavos, que denigra al ser humano.

Existen fronteras últimas que no debemos traspasar sin convertirnos personalmente en destructores de la creación, superando de ese modo con creces el pecado original y sus consecuencias negativas».

Lo mínimo que puede decirse de esta ideología es lo que, acerca del marxismo y del psicoanálisis, en las que por cierto se basa, escribiera ya Popper: no son científicas porque por su misma naturaleza impiden ser criticadas. Lo propio de las proposiciones científicas es poder ser sometidas a prueba, a falsación.

Pero si quien pretende hacerlo es tachado inmediatamente de homófobo, la teoría se enroca en sí misma e impide que se la estudie como una teoría científica, pues quien pretenda realizar la más mínima crítica queda descalificado de antemano.

Por suerte la naturaleza, por más que se la pueda forzar y atacar, siempre resiste; si pudiéramos destruirla, nos destruiríamos a nosotros mismos; y eso ocurre también con la naturaleza humana. Por eso, antes o después, impondrá su verdad, y quien no la acepte se autodestruirá.

Quizás haya que pagar un precio elevado, pero la naturaleza es más terca que la sinrazón y al final nos enseñará, si no la verdad sobre nosotros mismos, al menos el error en el que hemos incurrido.

Las ideologías de la liberación olvidan que el hombre es libre «nativamente» y que su libertad tiene un sentido, que no es la “autorrealización”, sino la destinación, la donación, ha­cer de uno mismo un don.

Enredarse en la tarea de liberarse de la propia naturaleza solo lleva a destruirse, a dejar de ser lo que ya se era y a no llegar a ser nunca lo que estamos llamados a ser.

 

 Texto tomado del libro “Por qué pensar si no es obligatorio” (Ediciones Rialp) de Rafael Corazón doctor en Filosofía, escritor y profesor

 

 

 

 

Rafael Corazón González

[1] BENEDICTO XVI, Discurso a la curia romana con motivo de las felicitaciones de navidad, 21 de diciembre de 2012.

[2] RATZINGER, J., Dios y el mundo, Galaxia Gutenberg. Círculo de lectores, Madrid, 2000, 126.